Cuando, a finales de los años 60, sumergidos en plena fiebre tropicalista (imitada y homenajeada hasta la saciedad por los adalides de la psicodelia contemporánea, Beck a la cabeza), Caetano Veloso parecía querer ser el Lennon bahiano, Gilberto Gil el Hendrix o el Bob Marley local alternativamente y Maria Bethania era ya para siempre la Maria Bethania mundial.  Gal Costa pareció por un momento la Janis Joplin del movimiento. Han pasado las décadas y su voz no ha hecho más que depurarse. Pasada la furia (Mi nombre es Gal, mi nombre es igual), queda uno de los repertorios más cabales y emocionantes de la música popular brasileña. La sonrisa del gato de Alicia, si se viese, no sería menos o más intocable que la tuya.

Luis Morganti


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